Personalisima: mano y obra del rehacer José Luis López Fernández

LOS HIJOS DE LA VARA

                Es un relato intencionadamente sintetizado. Entrando por la memoria, descubrí una madeja de la que tiré de un cabo y llegué a una especie de enredo confundiendo nombres, anécdotas, etc. Entonces, opté por tirar de otro cabo y aparecieron ruindades, miserias humanas…, recuerdos que están siempre ahí, perfectamente claros, pero intervino el pudor y me dije: mejor dejarlos. Al final elegí los cabos sueltos, que me llevaron de una punta a otra y permitieron mantener mi idea inicial: una mirada rápida, un flas de lo que fue la escuela franquista, al menos en mi caso.

                La historia acontece en la Cuenca Minera del Caudal y en una escuela cuyos métodos pedagógicos consistían en ese dicho harto conocido: la letra con sangre entra.

                En ese contexto, van surgiendo los personajes: compañeros de clase tratando de ser felices a su manera, sin imaginarse por un momento que la única libertad posible en aquellos años la tenían ellos mismos mediante la fantasía de sus juegos y travesuras.

                El miedo provocado por la autoridad de los maestros, activaba un empeño constante: la huida, la huida como protección. Pero, en realidad, eran fugas a ninguna parte, porque al día siguiente volvíamos a la escuela con la misma piel de tambor que recibía los mismos palos y, cuando sonaba, decían que era instructivo. Total para aprender sin comprender: memorizar cosas a orillas de una despersonalización sistemática.   

                No es un relato pesimista. Estoy completamente de acuerdo con Roberto Soto cuando dice, casi al final de su prologo: “asimismo abre una puerta a la esperanza, a los colores y olores florales, al sentimiento natural de la música y al retoñar de la curiosidad y fantasías mutiladas”