LOS HIJOS DE LA VARA
Es un relato intencionadamente sintetizado. Entrando por la memoria, descubrí una madeja de la que tiré de un cabo y llegué a una especie de enredo confundiendo nombres, anécdotas, etc. Entonces, opté por tirar de otro cabo y aparecieron ruindades, miserias humanas…, recuerdos que están siempre ahí, perfectamente claros, pero intervino el pudor y me dije: mejor dejarlos. Al final elegí los cabos sueltos, que me llevaron de una punta a otra y permitieron mantener mi idea inicial: una mirada rápida, un flas de lo que fue la escuela franquista, al menos en mi caso.
La historia acontece en la Cuenca Minera del Caudal y en una escuela cuyos métodos pedagógicos consistían en ese dicho harto conocido: la letra con sangre entra.
En ese contexto, van surgiendo los personajes: compañeros de clase tratando de ser felices a su manera, sin imaginarse por un momento que la única libertad posible en aquellos años la tenían ellos mismos mediante la fantasía de sus juegos y travesuras.
El miedo provocado por la autoridad de los maestros, activaba un empeño constante: la huida, la huida como protección. Pero, en realidad, eran fugas a ninguna parte, porque al día siguiente volvíamos a la escuela con la misma piel de tambor que recibía los mismos palos y, cuando sonaba, decían que era instructivo. Total para aprender sin comprender: memorizar cosas a orillas de una despersonalización sistemática.
No es un relato pesimista. Estoy completamente de acuerdo con Roberto Soto cuando dice, casi al final de su prologo: “asimismo abre una puerta a la esperanza, a los colores y olores florales, al sentimiento natural de la música y al retoñar de la curiosidad y fantasías mutiladas”